¿Qué le pasó a Google?

Soy usuario de Gmail desde 2003, cuando creé la casilla de correo que actualmente uso y que, espero, usaré por el resto de mi vida. No es chiste, definitivamente quiero seguir siendo “cliente” de Google por el resto de mis días, porque estoy bastante convencido de que nadie más producirá nada mejor en materia de casillas de correo electrónico. No solo eso, también pienso que Google factiblemente llegará a ser una de las empresas más grandes y poderosas del mundo de acá a no mucho (si es que no lo es ya), ya que los tipos definitivamente la tienen muy, muy clara. Pero hay que reconocer que, en el último tiempo, no la vienen pegando.

Hagamos un poco de historia y volvamos al año 2003, cuando yo descubrí Gmail. Por aquel entonces, Hotmail, Yahoo! y otros proveedores del estilo ofrecían gratuitamente casillas de correo con 10 ó 20 megas de espacio y vendían casillas de 250 megas o más a precios relativamente altos (no recuerdo cifras exactas, pero la idea está). Y un día apareció Gmail, un sistema que optó por salir a regalar casillas de 1 giga como si no valieran nada. En realidad, sabemos que regalar es un decir, Gmail nos “cobra” a los “clientes” de una forma muy particular, poniendo pequeñas publicidades en la página donde uno abre su cuenta de correo. Las comillas son absolutamente intencionales, porque de hecho creo que ahí está la clave del asunto: quienes usamos Gmail no sentimos que estemos pagando por ello. Si me preguntaran a mí cuánto estaría dispuesto a pagar para eliminar esos avisos, mi respuesta sería cercana a cero.

Entonces, Google me estaba dando correo gratis, y el tamaño de la bandeja no era su única ventaja. Gmail siempre ha sido superior a sus rivales tanto estética como operativamente; sus herramientas y opciones son infinitamente más prácticas que las de Hotmail, y su presentación es mucho más amena visualmente que Yahoo!, una plataforma terriblemente invasiva que cansa la vista con sus cientos de miles de botones y links por todas partes. Para mejor, Gmail (y todo lo que viene de Google) se renueva día a día y aumenta la cantidad de herramientas a las que el usuario puede acceder (incluyendo cada vez más espacio en la bandeja), muchas de las cuales ni siquiera implican soportar mayor cantidad de publicidad.

Como vemos, se trata de una estrategia realmente fenomenal. Google entendió que la mejor forma de amasar una gran fortuna es darle cosas útiles gratis a la gente hasta el punto de volverse masivo, y después cobrarle a las empresas más chicas que quieran “subirse al vagón” poniendo avisos publicitarios. Es un concepto extraordinario, porque genera una dinámica que parece explosiva: cuanta más gente usa el producto, mayor oferta de publicidad tiene Google, lo cual hace que ganen más, dinero que usan para contratar a los mejores diseñadores, ingenieros, matemáticos y creativos del mundo para mejorar aún más sus productos, lo cual los hace aún más masivos y esto atrae más anunciantes. Por si esto fuera poco, los tipos saben dónde invertir: en 2006, compraron YouTube, el sitio con más visitas de toda la internet, mantuvieron su esencia y lo incorporaron a la red de productos Google, que no paraba de crecer. Para esa época, los “clientes” ya disfrutábamos gratuitamente de Google Calendar, Google Reader, Blogger, Traductor de Google y otros servicios cuya calidad sigue mejorando progresivamente al día de hoy. Yo todavía no tuve que poner un peso. Y las publicidades son tan chiquitas como hace 8 años.

Como suele pasar, el éxito de unos nivela la cosa para arriba, porque obliga a los otros a ponerse a la par. Hotmail y Yahoo! no tuvieron más remedio que plagiar las herramientas que ofrecía Gmail y renunciar a su arcaica idea de cobrarle a la gente por darle una casilla de correo de tamaño razonable. Hoy por hoy, ofrecen una capacidad 500 veces mayor a la que ofrecían en 2003, pero todavía menor que la que Google provee gratis. El baldazo de agua fría fue categórico y estas firmas con escasísima capacidad de innovación tuvieron que entender a los golpes que el público general no está dispuesto a pagar por algo tan etéreo como una casilla de correo (si la mayoría de la gente no pagaría por eso hoy, mucho menos lo haría en 2003, cuando la comunicación por mail era mucho menos habitual).

Así llegamos a la pregunta que encabeza el post: ¿qué le pasó a Google? En el último tiempo, todos los pasos fueron en falso. Todo comenzó cuando crearon Buzz, una pobre competencia a Twitter que jamás interesó a nadie. Un error lo tiene cualquiera y, la verdad sea dicha, los tipos lo han entendido muy bien y acaban de decidir sacarlo del mercado, lo cual muestra una capacidad de autocrítica que sus rivales no suelen tener. Pero la lista de tropezones sigue. Acaso el más incomprensible de todos sea G+, la red social creada para competir con Facebook. Cualquiera que sepa algo del mundo 2.0 entiende que el activo que hace atractiva a una red social es la cantidad de gente que ya hay usándola. Eso quiere decir que cualquiera que quiera competir con Facebook hoy ya arranca 4-0 abajo y necesita que su producto sea increíblemente superior para tener alguna chance de imponerse. G+ es, a duras penas, una copia estéticamente más prolija de Fb, con una sola función adicional (los “círculos”), que ya ha sido copiada por el caralibro. Era un proyecto destinado al fracaso y había que ser muy ingenuo para pensar otra cosa. Pero G+ lo pensó nomás y, hoy por hoy, están viendo a su criatura fracasar miserablemente. Para sumar al mal momento, YouTube funciona cada vez peor, los tiempos de carga se están volviendo realmente insoportables. Y, en este clima de desaciertos sistemáticos, los tipos no tienen mejor idea que cambiar completamente la interfaz de Gmail, para adoptar una que no parece aportar nada nuevo, y todavía resulta un poco confusa (y menos estética) para quienes estábamos acostumbrados a la anterior. ¿Qué clase de crisis están atravesando estos muchachos?

Sea lo que sea, confío en que pronto se solucionará, y Google volverá a ser la empresa que siempre fue, aquella que, junto con Coca-Cola y Sony, hacen que uno sienta algo de aprecio por las multinacionales.

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