¿Qué significa ser keynesiano?

Cortita y al pie, mi respuesta a la pregunta del título es esta: ser keynesiano es otorgarle validez general a las siguientes proposiciones:

1) El producto observado no necesariamente es igual al potencial, entendiendo como potencial aquel que se obtendría si toda la capacidad instalada se utilizara. En otras palabras, existe la brecha de producto, aun en condiciones de ausencia de incertidumbre sobre la productividad de los factores

2) Existe desempleo involuntario en equilibrio, es decir, que exista equilibrio entre oferta y demanda de bienes y servicios de por sí no asegura que toda la mano de obra disponible al salario real vigente sea absorbida. En otras palabras, la ley de Walras no rige en su formulación clásica (aunque podría regir alguna variante de ella que incorporara fallas de algún tipo)

3) La política fiscal tiene efectos intertemporales sobre el nivel de producto, es decir, no vale la equivalencia ricardiana en ninguna de sus variantes

4) La política monetaria tiene efectos reales al menos a corto plazo, es decir, no vale la superneutralidad del dinero y la neutralidad del dinero en general debe ser cuestionada

Ahora lo que queda por discutir:

1) ¿Realmente esta es una teoría “general”, que contiene la economía neoclásica como caso particular, como proclamaba orgulloso John Maynard, y no viceversa?

2) ¿Es una guía para la acción política actual o fue superada en los 80 como proclamó orgulloso el mainstream que hoy gana premios Nobel?

3) ¿Es una teoría progresista o contestataria respecto del mainstream neoclásico, como proclama orgullosa la heterodoxia local?

El que a hierro mata III

El Placer quiere cerrar esta serie de notas sobre la inflación argentina con una reflexión sobre lo que, entendemos, es un acontecimiento de gran peso en la historia reciente de nuestro país. Hoy, 13/2/14, el kirchnerismo terminó de firmar su propio certificado de defunción con el anuncio de la inflación minorista para el mes de enero de acuerdo con su nueva versión del IPC. Hace meses escuchamos hablar de este índice sin casi ninguna precisión, no sabemos quién lo hace ni cómo, y muchos suponían que la presentación de los resultados se postergaría indefinidamente hasta que el proyecto como un todo naufragara en el olvido. Podríamos decir que ocurrió exactamente lo contrario: el ministro de economía Axel Kicillof hizo hoy algo que toda la oposición le reclamaba al gobierno desde hace 7 años, reconocer la existencia del problema inflacionario.

Creo que este sinceramiento será absolutamente letal para el gobierno, no solo en términos de popularidad, sino de desarrollo político. Con este anuncio, el kirchnerismo se terminó para siempre. A lo largo de los últimos meses, vimos cómo el gobierno, duramente golpeado por los resultados electorales de octubre y la confirmación de su fin de ciclo, comenzó a arriar progresivamente sus históricas banderas progresistas. Del espejismo de la nacionalización de YPF al resarcimiento económico al capital expropiado y el acuerdo con Chevron; del “no nos vengan a patotear” al pedido de limosna al CIADI y al FMI; de la promesa indefinida de no devaluar a una devaluación de casi 20% en un día… hasta el Fútbol Para Todos se empieza a negociar con socios de Clarín (quien, dicho sea de paso, se adecuó a la Ley de Medios sin mayores dificultades). En menos de un año el kirchnerismo perdió todas las batallas que agitó como banderas inclaudicables desde 2009 a esta parte. Solamente quedaba el fantasma del neoliberalismo noventista y su aparente superación gracias a “el modelo” y los titánicos progresos sociales que este habría implicado.

Hoy ese último bastión terminó de caer. El gobierno, al anunciar un aumento de precios de 3,7% para el mes de enero, reconoció en pocos minutos muchas cosas:

  1. Que la medición de inflación realizada por el INDEC desde 2007 hasta ahora es, como todos sabíamos, absolutamente falsa (ya que de otro modo el salto de los números viejos a este nuevo resulta completamente inexplicable)
  2. Que el presupuesto público de 2014, basado en una inflación pronosticada de 10%, no es otra cosa que un presupuesto de ajuste, ya que la inflación efectiva será de más del doble que esa
  3. Que las mediciones realizadas por empresas privadas, lejos de ser el resultado de siniestros experimentos destituyentes, eran un reflejo bastante bueno del verdadero fenómeno, ya que los guarismos publicados por las consultoras más reconocidas para el mes de enero resultaron bastante cercanos a lo que ahora podemos llamar la verdadera inflación oficial (un poco más altos, entendiblemente, dada la inclusión de Capital Federal en el cálculo)
  4. Que Argentina es el país con la segunda mayor inflación del mundo, lo cual va en contra de cualquier idea de desarrollo basado en la redistribución del ingreso o el mejoramiento de las condiciones de vida de la población en su conjunto

En otras palabras, el kirchnerismo reconoció que “el modelo” no era otra cosa que una estafa a los sectores populares que alguna vez depositaron alguna expectativa en él. Con 3,7% de inflación mensual (en un mes típicamente “frío”, desde el punto de vista económico, como es enero) no se puede hablar de progresismo, ni de redistribución, ni de heterodoxia económica, ni de ir contra del neoliberalismo, ni de nada. 3,7% de inflación mensual es un duro ataque a los trabajadores independientemente del prisma ideológico con que se mire la situación.

Seguramente Cristina terminará su mandato en condiciones institucionalmente normales, no porque cuente con el respaldo de la burguesía sino, por el contrario, porque esta así se lo reclama. El grueso de los grandes empresarios que respaldaron al gobierno tiempo atrás hoy han abandonado el barco a la par de muchos intendentes y funcionarios de diverso orden, que huyen a trabar acuerdos con Massa, Scioli o Macri, a la espera de continuar sus carreras políticas luego de 2015. La base social del gobierno se erosiona de manera sostenida como consecuencia del empeoramiento en la situación económica nacional.  Tapado de denuncias de corrupción y de fracasos en diversas iniciativas políticas (la farsa de los controles de precios, el fracaso de la Ley de Medios y la derrota en la “batalla cultural”, la necesidad de levantar a la defunta UCR con tal de hacerle fuerza a la derecha peronista, la degeneración absoluta de los intelectuales K, la descollante popularidad de Lanata a base de un programa chabacano y reaccionario), el gobierno cae lentamente en un desprestigio comparable al de Menem en 1997-1999. Y la peor parte es que todavía queda mucho ajuste (fiscal, monetario y cambiario) por hacer. ¿A quién podría interesarle hoy un golpe de estado? ¿Quién querría agarrar un fierro caliente de este tenor, sin otra perspectiva que la de llevar adelante un ajuste profundamente antipopular? Ni los grandes empresarios, ni el PRO, ni el FR, ni ninguna otra oposición de derecha quieren que el gobierno caiga ahora. Por el contrario, quieren que el gobierno dure todo lo que haga falta para aplicar el inexorable plan de ajuste que viene demorando hace ya algunos años y absorba así la totalidad del daño político que este produzca. En otras palabras, la derecha ha aprendido de la experiencia y aspira ahora a gobernar con las mismas ventajas con que Nestor Kirchner gobernó en 2003.

Pero lo cierto es que el kirchnerismo se acabó. Ya solo queda un lento camino de un año y medio hasta la desaparición definitiva. Y el cáncer que corroyó la endeble construcción política del kirchnerismo no fue otro que la inflación, el problema que menos atención recibió de parte del periodismo político, al menos hasta el año pasado. El problema que expresa con crudeza las limitaciones estructurales del modelo de desarrollo kirchnerista, su incapacidad de transformar la estructura productiva atrasada, extraccionista y primarizada de nuestra economía. El problema para el cual el gobierno jamás tuvo una estrategia definida, al punto de que no tuvo más remedio que negarlo estúpidamente, a la espera de que una suerte de milagrosas expectativas resolvería la situación silenciosamente. En definitiva, el problema principal, el que explica todos los demás problemas (particularmente la increíble crisis de balance de pagos a la que parecemos fatalmente encaminados, en un contexto de crecimiento aceptable, reservas inicialmente altas y los mejores términos de intercambio de la historia del país). El que a hierro mata, a hierro muere.

Grandes devaluados

Empieza el Torneo Final 2014 y nuevamente surgen los debates sobre quiénes son los candidatos a campeón. Por alguna razón desconocida, el periodismo deportivo ha abandonado su vieja militancia a favor de la inverosímil tesis de que Racing y Colón son fuertes candidatos al título, que fue común en las primeras fechas de los últimos, digamos, 80 campeonatos. Newells y Velez ya se han convertido en números puestos, la reciente Copa Sudamericana conquistada por Lanús amenaza con marcar el fin de su pechofriez y el último campeón se mete en la escena como siempre. Tampoco es novedad que Boca y River sean dados como candidatos, la pregunta es si se debe a una cuestión de historia o de su presente concreto.

Vemos difícil sostener lo segundo. En River la situación es crítica, la escuadra millonaria sigue sin poder superar el bajón deportivo, anímico, económico e institucional que marcó su paso por la segunda división. No solo River no ha ganado nada desde que volvió a Primera, tampoco ha logrado jugar bien dos partidos seguidos. No le ganó a Boca en partidos oficiales, no entró a la Libertadores, no hizo buen papel en la Sudamericana ni en la Copa Argentina. El plantel actual está lleno de jugadores que se han cansado de decepcionar a los hinchas. La llegada de Cavenaghi es muy positiva, pero difícilmente sea suficiente para que el rendimiento del equipo cambie radicalmente. Hay que afrontar que este River solo puede aspirar a objetivos modestos: clasificar a la Sudamericana, terminar entre los primeros 5 puestos, consolidar juveniles prometedores y poco más. El sueño del campeonato todavía está lejos.

La cosa tampoco anda mejor en el barrio de la Boca. Los Superclásicos de verano han servido para confirmar algo que sosteníamos hace rato: dejando de lado a Riquelme, Gago y Orión, la escuadra xeneize es una caterva de jugadores mediocres. Para peor, Riquelme está lesionado otra vez, mientras que Gago y Orión mostraron performances muy por debajo de su nivel en estos encuentros. La defensa sigue siendo un colador y la incorporación de Grana no parece haber sumado nada. Tampoco arriba hay grandes virtudes, más allá de los rescatables esfuerzos de Gigliotti. No es novedad que Boca deposite el grueso de sus expectativas en el rendimiento de su estrella, el problema es que esa apuesta se vuelve menos rendidora año a año. Si bien Riquelme no es un jugador particularmente físico, envejece igual que todo el mundo, y sus recurrentes lesiones siguen dejándolo afuera de aproximadamente la mitad de los partidos. No es aventurado pensar que el ídolo bostero está cercano al retiro. Con cada vez menos Riquelme en cancha, ¿tiene Boca recursos para pelear el campeonato? Creemos que bien haría en conformarse con los mismos objetivos que el millonario.

Tanto Ramón como Bianchi enfrentan tiempos difíciles. Cuentan con un apoyo casi incondicional de los hinchas, pero tienen que soportar la agobiante presión de periodistas y dirigentes. Lo que es más importante, son conscientes de los limitados recursos con que cuentan. Extrañan sus viejos planteles y eso se nota, saben que no pueden pretender grandes refuerzos (Bianchi pidiendo a Grana es una clara muestra) ni aspirar a los objetivos de otros tiempos. Acaso su único consuelo sea saber que no hay plan B, que ni Boca ni River podrían contratar a nadie mejor que ellos y eso les garantiza una cierta tolerancia al fracaso de parte de los clubes que pagan sus jugosos contratos.

Así están las cosas en los tiempos en que hasta Arsenal es candidato, pero River y Boca apenas lo son por compromiso.

El que a hierro mata II

Hace unos días nos divertíamos comparando la inflación argentina con la del resto del mundo, para concluir que solo países profundamente atrasados o sumidos en el más absoluto desastre económico presentan tasas de inflación comparables a las locales. Subrepticiamente (o no tanto) nos proponíamos dar por tierra con la que fuera, durante buen tiempo, la fundamentación más popular para la inflación entre los economistas kirchneristas: el mito de la inflación importada. Como vimos, esta tesis (que, extrañamente, encontró apoyo en algunos segmentos de la izquierda) se torna insostenible apenas uno dedica unos minutos a cotejar datos y por lo tanto no es de extrañar que ya haya pasado al baúl de los recuerdos, aun para los más doctrinarios cultores del modelo. En cambio, la moda teórica que el gobierno busca imponer actualmente orbita en torno a la idea de que la inflación es producto de la concentración económica, una posición que goza de la simpatía del progresismo centroizquierdista, acostumbrado ya a la batraciofagia sistemática.

La tesis de la “inflación por concentración” o “inflación oligopólica” comienza recordando que en Argentina la mayor parte de las industrias con peso relevante en la economía están profundamente concentradas; en otras palabras, no se trata de mercados competitivos sino oligopólicos. Algo similar ocurre en la cadena de comercialización de los principales productos de consumo, dividida en numerosos eslabones, cada uno de los cuales está fuertemente concentrado a su interior. A partir de ahí, es todo de manual: la concentración (es decir, la falta de competencia) implica márgenes de ganancia muy elevados, lo cual lógicamente se traslada a precios y así tenemos una teoría sobre la inflación. O al menos eso parece, ¿no?

Muy bien, la respuesta es no, eso no es una teoría sobre la inflación. La formulación en sí puede ser cierta o falsa, pero en ningún caso es una teoría sobre la inflación. Para entender por qué, hay que volver sobre una lección inicial de economía (esencial en econometría): una cosa son los niveles y otra cosa muy distinta son los cambios en niveles. La inflación definitivamente no es un problema de niveles sino de cambios en niveles. La tesis de la inflación oligopólica es una tesis sobre niveles que nada dice sobre variaciones en niveles. Veamos por qué.

Efectivamente, la concentración industrial o comercial tiene como correlato precios altos debido a los márgenes de ganancia extraordinarios que aquella produce, pero eso en sí no quiere decir que haya inflación. Mayor concentración implica precios más altos, sí, pero no implica que estos tengan que subir de un año al otro. Si las empresas oligopólicas hubieran simplemente decidido aumentar los precios un 25% del año pasado a este en virtud de su poder de mercado, habría que preguntarse por qué no lo habían hecho antes. ¿Cuál fue el descubrimiento que súbitamente les hizo comprender que este poder existía? En otras palabras, solo si la concentración económica hubiera aumentado del año pasado a este podríamos decir que fue ella la responsable de la inflación. Si la concentración de este año es tan alta (o tan baja) como la del anterior, entonces no hay razón para responsabilizarla por cambios en el nivel de precios.

No conocemos un solo estudio serio que provea evidencia sobre un aumento de la concentración económica entre 2007 y 2013. Tampoco existe, hasta donde sabemos, evidencia documental sobre distintos niveles de concentración entre países que permita responder a la pregunta de por qué Argentina. ¿Acaso la alta concentración económica es un fenómeno privativo de Venezuela, Argentina y un puñado de otros países (alejados y profundamente heterogéneos entre sí)? ¿Cómo fue que otros países de la región (Brasil, Chile) lograron salvarse de este flagelo? ¿Hace falta recordar que este no afecta a países similares en estructura productiva  (Uruguay) o producción exportable (Australia)?

En definitiva, ¿es posible sostener la posición de que los precios son altos a causa de la concentración económica? En principio, sí. Se trata de una línea de investigación que en todo caso habría que desarrollar con cierta cautela, ya que si bien es cierto que la vida en Buenos Aires es notablemente más cara que en La Paz o Asunción del Paraguay, sigue muy por debajo de los niveles de New York, Tokyo, Londres, Sydney o Amsterdam y bastante cerca de Montevideo o Río de Janeiro. Que esas diferencias sean atribuibles (en todo o en parte) a diferencias en niveles de concentración económica es algo que no se puede afirmar con ligereza. Pero el problema es que todos los países aludidos, desde Paraguay hasta Australia, desde Bolivia hasta Holanda, tienen tasas de inflación muy por debajo de la argentina. Por si hace falta repetirlo, una cosa son los niveles y otra cosa, muy distinta, son las variaciones.

La gesta heroica contra los siniestros oligopolios (a la sazón, mediáticos) parece haber funcionado bien para campañas electorales anteriores del kirchnerismo y eso parecería motivar este revival trágico. Lo cierto es que un puñado de economistas con variado grado de simpatía por Cris se humillan día a día tratando de convencer al público de que la inflación no es producto de límites estructurales al modelo kirchnerista, o de fracasos en sus políticas económicas, sino de la acción antipopular de codiciosos oligopolios. Hay que reconocer, nobleza obliga, que Kicillof ya agitaba estas banderas de manera muy prematura, varios años antes de su transición definitiva al kirchnerismo. Siempre en defensa de la “heterodoxia” y en contra de las “recetas neoliberales de los noventa”, por supuesto.

Pues bien, las pocas veces que algunos kirchneristas bienaventurados, por ambición académica o desesperada necesidad, pretendieron ofrecer algún tipo de evidencia empírica a favor de su tesis sobre el aumento de precios, recibieron las respuestas lapidarias de auténticos economistas críticos (de los que sí gozan de prestigio y reconocimiento académico) que esgrimieron y documentaron muchos de los argumentos que aquí reproducimos. La decadencia de los economistas K los encuentra defendiendo, en redes sociales o pasquines oficiales, teorías descabelladas para las que jamás podrían ofrecer evidencia seriamente validada o científicamente publicable. Mientras tanto, su gobierno sigue financiándose a través de impuesto inflacionario, el más regresivo de todos los impuestos.

El que a hierro mata

¿Se puede dudar, a esta altura del partido, de que fue la inflación la expresión más acabada de las limitaciones del proceso económico que vivió la Argentina de los K? Siguiendo en esa línea, ¿se puede dudar que es el aumento de precios el centro de gravedad de los gravísimos problemas macroeconómicos que nuestra economía enfrenta actualmente? Fue la inflación la que generó la apreciación cambiaria que hoy sufrimos, aun en un contexto de tipo de cambio subvaluado y términos de intercambio inmejorables como los que regían en 2007/2008. Fue la inflación la que obligó a recurrir a trabas a las importaciones, que encarecieron brutalmente los productos locales, y al cepo cambiario, que encareció no menos brutalmente el turismo exterior y paralizó el mercado inmobiliario. Fue la inflación la que socavó los aumentos salariales y los planes sociales otorgados en los últimos siete años, aumentando la desigualdad y la pobreza en nuestro país. Increíblemente, el problema sigue siendo relegado a segundo plano por buena parte de los análisis económicos y políticos que se pueden encontrar a lo largo de todo el espectro ideológico.

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Este cuadro debería ser evidencia suficiente para ilustrar la gravedad del asunto. Los datos provienen del World Economic Outlook del FMI y, por supuesto, los guarismos argentinos oficiales fueron reemplazados por (bastante conservadoras) estimaciones privadas. Entre 2007 y 2013 Argentina se convirtió en el cuarto país con mayor inflación del mundo. A la cabeza del ranking encontramos a Venezuela, cuyo gobierno, como sabemos, se declara aliado estratégico del nuestro. También vale la pena recordar que nuestro socio bolivariano ha seguido nuestro camino en lo que al maquillaje de estadísticas públicas respecta y la mayoría de los analistas sitúan su verdadera tasa de inflación anual en torno al 50%.

El top 5 se completa con Bielorrusia, Irán y Etiopía, economías en las que, por supuesto, no tenemos la menor idea de qué estará pasando. Pero una inspección gráfica alcanza para concluir que al menos 2 de esas 3 entran al podio con algo de injusticia:

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Tanto Bielorrusia como Etiopía exhiben un promedio algo inflado por solo 2 años nefastos (2011 y 2012 para el primero, 2008 y 2011 para el segundo), el resto del tiempo se ubican muy por debajo nuestro. Solo la escalada iraní alcanza niveles francamente chavokirchneristas.

Pero los puestos del 6 al 10 son el ingrediente clave en el coctel de depresión. Países pertenecientes al África subsahariana, la región más pobre, desigual y menos desarrollada del planeta. Naciones desconocidas para muchos e imposibles de ubicar en un mapa para la práctica totalidad de la población argentina. Solo un puñado de expertos podría arriesgar alguna hipótesis sobre la causa o naturaleza del proceso inflacionario que viven estos países; humildemente, pretendemos aquí una conclusión más elemental: el kirchnerismo nos ha llevado a niveles de inflación subsaharianos, en un contexto en que la inflación mundial promedio fue de 6,2%. Nuestra inflación, en promedio, cuadruplica la internacional (y casi la quintuplica en 2013).

El que hierro mata, a hierro muere. La inflación amenaza con convertirse en el motor de una profunda crisis económica para este año y volar de un plumazo cualquier ilusión de progresismo que pudiera quedarle al gobierno. Al 25% de inflación inercial que sufre nuestra economía ahora habrá que sumarle el pass-through que pueda ocasionar la reciente devaluación de 20% en el tipo de cambio (y de todas las que puedan darse en los 11 meses que quedan de año). Suena conservador suponer que este no supere el 10%. Con un 35 o 40% de inflación, Argentina consolidará su lugar como la segunda nación con mayor inflación en el mundo. El estipendio del Plan Progresar, hoy equivalente a 12 kilos de carne, caerá a poco más de 8,5. Los libros que en Amazon cuestan menos de 10 dólares pasarán holgadamente la barrera de los 200 pesos en las librerías locales. El precio de un café en un bar porteño, hoy ya en niveles parisinos, se elevará quizás a valores neoyorquinos o tokiotas. La gran duda es si a alguien le dará la cara para seguir sosteniendo que el kirchnerismo es progresista.

Pizzi, el mejor

No hicimos a tiempo a hablar del campeonato obtenido por San Lorenzo, que la noticia ya cambió de eje, con el viaje de Pizzi a España para convertirse en DT del Valencia. El hincha de San Lorenzo vivió una relación ciclotímica son su técnico durante el semestre. Primero, se lo responsabilizó correctamente por la eliminación del Ciclón en la Copa Sudamericana frente a River, por priorizar a un arquero desastroso como Cristian Álvarez (que regaló el rebote que se convirtió en el único gol de River en la llave) por sobre uno mucho más digno como Sebastián Torrico. Luego, se lo insultó duramente por la final de la Copa Argentina perdida contra Arsenal. Ahí Pizzi sacó a relucir su mejor chapa de tribunero amenazando con renunciar, amenaza bastante inverosímil en medio de una campaña prometedora en el torneo local. Después llegó el campeonato obtenido y el renacimiento del romance entre hinchada y entrenador, que duró tanto como una semana, ya que Juan Antonio decidió aceptar la oferta millonaria del club español y dejar a los hinchas con la cuenta en la mano.

Como ya se ha dicho y analizado en muchos medios, este San Lorenzo es, sin lugar a dudas, el peor campeón en la historia de los torneos cortos. A sus 33 puntos en la tabla de posiciones hay que agregar que no ganó en los últimos 3 partidos y se coronó con un empate sin goles en lo que probablemente haya sido la final más inmirable en la historia reciente del fútbol. Pero todo eso no le quita al Cuervo lo que le es propio: fue el mejor equipo del certamen. Si el lector tiene sus dudas, le recordamos que así como San Lorenzo no ganaba tampoco lo hacían sus rivales directos (Newells, Lanús, Arsenal, Vélez y Boca, que no es poco decir, ni en cantidad ni en calidad) en las instancias decisivas de un torneo en el que todos parecían pelearse por no salir campeón. Y qué decir de la performance de Vélez en la final, que no solo mostró escaso fútbol sino una displicencia preocupante a la hora de jugar un partido donde un solo gol podía equivaler a un título. Nos guste o no nos guste, San Lorenzo fue el menos malo de todos de modo que la copa está bien ganada. Y Pizzi, con todas sus limitaciones, fue el técnico campeón, lo cual también implica un mérito.

Y así fue como el fútbol local volvió a darnos una muestra de su carácter agroexportador: el técnico campeón solo duró unos pocos días en el medio local. Llegan ofertas en euros, económicamente desproporcionadas en relación a las cifras del mercado local, y nadie puede resistirse, ni siquiera un técnico que iba a jugar la Libertadores. Pizzi puede gustar o no, pero su mérito como campeón es objetivo y su fichaje inmediato a España pone en evidencia la magnitud del problema. En Argentina hoy es impensable que jugadores o técnicos exitosos duren un tiempo razonable en sus equipos; cualquiera que sobresale sobre la vara de la mediocridad es rápidamente absorbido por los mercados donde se mueve guita grande. Y eso es lo que hace que el fútbol sea un desastre, que las finales sean aburridísimas, que los campeones saquen pocos puntos y que los torneos no tengan emoción. Aunque suene raro, el problema del fútbol argentino hoy es que los técnicos como Pizzi no nos duran todo lo que deberían.

15% no es nada

El martes pasado el gobierno nos sorprendió con otro aumento del tipo de cambio turista, que ahora trepa a 35% por encima del dólar oficial. Bueno, sorprendió es una manera de decir, porque hay muchos elementos de esta medida que ya no deberían sorprender a nadie. Se trata de una maniobra desesperada, atolondrada, regresiva y, fundamentalmente, inútil. Más o menos como todas las medidas que se vienen tomando para frenar la brutal sangría de reservas que las ha llevado a su nivel más bajo en la última década, lo cual, en el actual clima de déficits gemelos y alta inflación, coloca a Argentina al borde de una crisis de balance de pagos.

¿Así mala fue la medida? Sí, así de mala. Veamos por qué. Es claro que el objetivo del gobierno es reducir la salida de dólares que se da cada verano a través del turismo, que el año pasado ascendió a 7000 millones de dólares (casi la cuarta parte del stock actual de reservas). Analicemos entonces qué probabilidades hay de que ese objetivo se logre, parcialmente al menos. Para eso, tenemos que recordar algunas lecciones elementales de microeconomía, principalmente, que el aumento del precio de un bien reduce la cantidad demandada del mismo por dos vías: el efecto sustitución (el bien se vuelve caro en comparación con sus sustitutos más o menos directos, lo que incentiva al consumidor a cambiar bien caro por bien barato) y el efecto ingreso (el consumidor, cuyo ingreso es siempre el mismo, puede comprar menos unidades del bien que se encareció). La cuestión entonces orbita en torno a qué tan grandes pueden ser esos efectos en el contexto económico actual.

El efecto sustitución será indudablemente nulo. El bien sustituto del turismo exterior es el turismo local, un bien que tiene la particularidad de que su oferta es muy inelástica porque ha alcanzado, hace tiempo ya, un cuello de botella. Los records de turismo en la costa Atlántica de los que tanto se jacta el gobierno dan cuenta justamente de esta situación, la industria turística local no da abasto. Por lo tanto, los aumentos de demanda se traducen en aumentos del precio de magnitudes relativas similares. Pero el problema es aun peor, ya que por tratarse de mercados que funcionan “en paralelo”, el aumento de precios en el turismo local viene del lado de la oferta antes que del lado de la demanda. Dicho de otro modo, el aumento del 15% en el precio del veraneo afuera invariablemente se trasladará a un aumento idéntico en el precio del veraneo local, ya que los oferentes de ese mercado (operadores turísticos, hoteles, restaurantes, compañías de transporte, proveedores de servicios varios) saben que pueden subir los precios hasta 15% y así mantener el precio relativo del verano pasado, al cual, recordemos, vendieron todo. Cuando los mercados concentrados alcanzan cuellos de botella pasan estas cosas, qué le vamos a hacer. No hay efecto sustitución porque veranear en la costa brasilera seguirá costando lo mismo (si no menos) que veranear en la costa argentina.

El efecto ingreso no debería ser nulo, pero tampoco hay mucha expectativa de que sea muy grande. Recordemos que el turismo exterior (así como la franja superior del turismo local) es un bien consumido por los estratos de mayores ingresos, para quienes un aumento de 15% probablemente no marca la diferencia entre viajar o no viajar. En todo caso, de haber algún ajuste, lo más factible es que este ocurra por el margen del destino (cambiando costa brasilera por costa uruguaya), de la calidad del bien adquirido (cambiando hotel por hostería) o de la cantidad de días de viaje. Pero ninguna de esas cosas cambia sustancialmente la situación; el cambio en la demanda de dólares, de existir, será pequeño. Lo único que se logra con certeza es reducir la cantidad y/o calidad del turismo consumido y, por ende, empeorar la situación del turista.

Pero queremos ir más allá ya que, como dijimos al comienzo, consideramos que esta medida no solo es ineficaz sino que, además, sus efectos redistributivos son negativos. Puesto que el recargo de 35% sobre el tipo de cambio oficial funciona como anticipo del impuesto a las ganancias, quienes puedan luego utilizar ese crédito fiscal para reducir el monto pagado a la AFIP en concepto de este impuesto habrán comprado dólares a 6,20. En cambio, quienes no paguen montos considerables en ganancias (porque trabajan en negro o simplemente porque no ganan lo suficiente) acabarán con un inútil saldo fiscal positivo y, en la práctica, habrán pagado el dólar a 8,30. Vemos entonces una profundización en el sesgo regresivo de la política cambiaria: subsidiar a los más ricos vendiéndoles dólar al (irreal) precio de 6,20 mientras los no ricos lo compran al (también irreal, pero más razonable) precio de 8,30. Encima, una pequeña fracción de estos últimos sufre el efecto ingreso y hace un veraneo más corto. La desigualdad en la distribución del consumo aumenta: los ricos siguen haciendo el mismo veraneo que antes mientras que los no ricos hacen un veraneo cualitativamente y/o cuantitativamente peor. Y todo esto, recordemos, a cambio de nada.

El mermado coro de defensores incondicionales del gobierno ya está festejando, una vez más, que se aplique aranceles o impuestos “a los ricos que veranean afuera”. A este discurso falaz e interesado conviene recordarle, entonces, algunos puntos centrales del debate. Primero, que esta medida no resuelve en lo más mínimo el acuciante problema del sector externo, que sigue requiriendo una urgente solución. Segundo, que este aumento del tipo de cambio no será pagado por la franja de mayores ingresos sino por un sector de consumidores que, si bien está lejos de la pobreza, difícilmente pueda ser asociado a la “puta oligarquía” de la que hablan los peronistas. Tercero, que también hay que buscar las causas en la economía real, ya que si esto ocurre también se debe a que la industria turística (al igual que buena parte de la industria en general) alcanzó hace rato un cuello de botella del que solo se sale con una transformación estructural de la economía que el kirchnerismo se ha mostrado incapaz de llevar adelante. Y cuarto, que de tanto comparar la situación actual con la del 2001, el gobierno nos ha llevado por un derrotero que cada vez tiene más similitudes con esa crisis.


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